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::: CAFES Y BARES . |
Los bares de Buenos Aires son el recodo en donde quedaron atrapados algunos jirones del viejo Buenos Aires. Sobreviven al presente, dejándonos entrar a oler sus historias. Eran los reyes de sus cuadras, en donde latía la vida, con los amigos, el barrio, las discusiones políticas, los goles, los burros, la literatura, las mujeres, el tango y mucho más.
También, como dijo Discépolo, las mesas del boliche eran ideales para llorar una tarde cualquiera.
IMPERDIBLES :
La ideal en Suipacha 380, permanece casi como en 1912, cuando se inauguró. Por allí pasaron Alfredo Palacios, Hipólito Yrigoyen o Eva Perón.
El Magnífico Tortoni, que sigue abierto como si nada pasara, en Avenida de Mayo al 800, igual que hace cien años. Sus sillas todavía parecen estar esperando al poeta Raúl González Tuñón o a Carlos de la Púa, de vuelta de la redacción del diario Crítica. "Yo espero milagros -escribió Alejandro Dolina-. Milagros constantes y sonantes, no metáforas metidas a prodigio. Por eso elegí estas mesas, Tortoni. Aquí cuando un hombre vuela, es que araña el cielorraso".
Frente al Parque Lezama, en Brasil y Defensa, el Británico como aquellos días de 1928. Se puede jugar al ajedrez y tomar un café que se enfría despacito de tanto mirar por la ventana. Dicen que allí Ernesto Sábato garabateó los primeros manuscritos de Sobre héroes y tumbas.
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| CAFETIN DE BUENOS AIRES .
Tango (03'08") -
Música: Mariano Mores -
Letra: Enrique Santos Discépolo -
Orquesta Héctor Stamponi -
Canta: Tania
7/1/1948 Buenos Aires -
RCA-Victor 60-1641.
De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo
igual al mío...
Como una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste entre asombros:
el cigarrillo,
la fe en mis sueños
y una esperanza de amor.
Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja...
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía... dados... timba...
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.
Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas:
(José, el de la quimera...
Marcial, que aún cree y espera...
y el flaco Abel que se nos fue
pero aún me guía....).
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas,
bebí mis años
y me entregué sin luchar. |
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