CAMPEONATO MUNDIAL DE BAILE DE TANGO
El sueño de ser los mejores bailarines del planeta no es privativo de los porteños, aunque la historia le imponga, a priori, la presión que implica el copyright tanguero. Año tras año, guiados por el placer del baile, por la adrenalina competitiva o por el deseo de asistir a una ceremonia única, miles de peregrinos de distintos países se suman al ritual del Campeonato Mundial de Baile de Tango. Algunos vienen convocados por una ilusión bien sustentada: saben que están en condiciones de pelear por el título de igual a igual. Ya ganaron las competencias previas en sus respectivas ciudades y ahora van por más. Otros -esa mayoría silenciosa que se suma cada temporada a los festivales porteños- se sienten atraídos por deseos comunes, no siempre regulados por la pulsión competitiva: llegan a Buenos Aires dispuestos a explorar los sentidos de la noche porteña; vienen a indagar sobre la tan mentada sensualidad del baile tanguero, que se expresa también en la dinámica cotidiana de la ciudad.
Según se prefiera el Tango Salón o el Tango de Escenario, los bailarines y los espectadores abrazarán distintas formas de relacionarse con la danza. Habrá quien privilegie ciertos códigos transmitidos de generación en generación, cierta prudencia en el andar; y estarán los que se identifiquen con una mirada más coreográfica y teatral del tango, siempre en busca de renovaciones estéticas. Los diversos lenguajes corporales exhiben, sin embargo, una sensibilidad común: la de querer juntarse sin prejuicios, en una experiencia lúdica que fascina por igual a los habitantes de Buenos Aires, a los del interior del país y a los extranjeros que deciden, por un puñado de días, tomar prestado el atributo de la porteñidad. |
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